En los países latinoamericanos las reacciones de alivio por la partida de George W. Bush y de admiración por la llegada de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos fueron generalizadas. Los gobiernos, sin embargo, han reaccionado de manera más reservada: parecen estar a la expectativa de lo que puedan significar los cambios en la economía y en la política exterior norteamericana.
Se sabe de la importancia que tiene Cuba en este contexto. Así también se sabe que el narcotráfico, cuya inaudita violencia y corrupción genera inestabilidad en la región, ha sido asunto importante en esas políticas.
La agenda norteamericana en la región durante la presidencia Bush no mostró dimensiones interesantes para las relaciones hemisféricas; el período post-Clinton ha sido más bien perdido. Tampoco el comercio norte-sur parece haberse multiplicado durante estos años recientes, como sí fue el caso con China.
Es probable que estilo y objetivos de una política de buen vecindario disminuya diferencias, incluso ideológicas, que han estado marcando y tal vez dificultando el desarrollo regional. También es probable que, por el tiempo que tome a Estados Unidos detener la caída económica y reiniciar el crecimiento, la recesión lleve también a los gobiernos de la región a introducir modificaciones económicas importantes.
Porque la nueva economía mundial que surgirá de esta crisis podría contener también oportunidades y desafíos para la posibilidad de un modelo de desarrollo integral y solidario en la región - tema de un paper de Otto Boye - disponible en 'Desarrollo Integral para una América Latina Solidaria'.